La foto de portada reúne a dos directores franceses, Philippe Garrel y Laurent Cantet, cuyos recientes productos se están proyectando en el país. Antes de contar lo que vi, me resulta oportuno volver sobre las incansables cuestiones teóricas implantadas por la “nouvelle vogue” con sus presupuestos conceptuales rebeldes, no siempre reconocibles en la pantalla. Pese al énfasis de algunos cultores emblemáticos, las apeladas condiciones de síntesis, desafectación, montajes incondicionados, se verifican antes (Bresson, Melville) y después de aquella ruidosa “ola”. Incluso, a la luz de la posterior evolución del cine galo, ignoro si aquello no fue más un momento de concientización teórica que una forma de cine propiamente dicha, si pienso en variantes como Demy, Rohmer o Resnais. Más que de “un cine francés”, entonces, siento que a lo sumo puedo hablar del cine que se hace en Francia. Philippe Garrel, veterano de la tradición inconformista, discípulo directo de Godard, trae su refinado film “Amantes por un día”. Se trata de un profesor que convive con una joven alumna, cuya intimidad es alterada por la presencia de su hija, coetánea de la amante del padre, que se suma a la casa por un desencuentro sentimental. Su presencia entre los amantes genera la intrusión de una relación transversal a la otra, construida sobre problemas y expectativas comunes que terminan potenciando y extremando las disonancias entre el padre y su pareja.

Eric Caravaca y Louise Chevillotte en “Amantes por un día”

Garrel declaró su pretensión de que esta visión intimista remita al psicoanálisis, propiamente al complejo de Electra. No sé si logró eso, pero es seguro que hizo un excelente y agudo retrato de las relaciones y sus imprevisibles entrecruzamientos. Las escenas de Garrel son refinadas, su manejo de la luz en blanco y negro, magistral. Los encuadres urbanos, nocturnos, polarizados, justifican por si solos la película. Laurent Cantet, por su parte, es un autor que sorprendió gratamente con su “Recursos Humanos” (1999). En “El atelier”, de estreno, el director pretexta un taller literario para ofrecer un tenso y sutil desarrollo que toca el nudo mismo de lo narrativo, lo desnuda, y al mismo tiempo suelta las refracciones de una Europa cada vez menos viable. Los personajes de la escritora que conduce el grupo y de Antoine, el adolescente que interpela lo literario desde adentro, reaniman una confrontación inextinguible entre autenticidad y producción ficcional.

Matthieu Lucci y Marina Fois en “El atelier”

Pero el choque no se agota en allí. Sombras sociales y culturales del presente abonan la intransigencia contrastante de Antoine, su temor regresivo, pero al mismo tiempo, una radicalidad y un exotismo que no están exentos de atractivos artísticos en medio de prácticas y discursos literarios políticamente correctos. La inmigración, las fobias, el chauvinismo y el terrorismo, interceptan dentro de la dinámica grupal, las chances de la comprensión recíproca. El ambicioso objetivo del film, que desata lo personal a partir de todo lo contextual, tiene el equilibrio justo para que los dos registros se afirmen en la pantalla. “La adolescencia es ese tiempo donde todavía todo es posible”, dice Cantet respecto a su personaje central y efectivamente, la película recorre esa tensión interna de Antoine, añadiendo también justificadas cimas de suspenso. Diferentes en estilo y en objetivos, reivindico la calidad de estos dos filmes franceses, actualmente en cartelera.

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