Enmohecido en algún rincón de la cultura, lentamente se apaga aquel tópico que subordinaba la sexualidad al amor. Carecía -y por partida doble- de cualquier inocencia.  En principio, porque resultaba funcional a cierta visión del mundo, en algún punto entrañable, pero siempre interesada. En segundo término, por su flagrante sexismo. La película “Dry Martina” del director chileno “Che” Sandoval, sella con frescura un giro casi absoluto de modalidades y lenguajes relativos al erotismo. Martina, una cantante en lucha con su ocasional anorgasmia, riega la pantalla con un tratamiento de la intimidad incisivo, centralizado, y expuesto. Tiembla por Martina el cansado monopolio masculino de estas tipificaciones. La resuelta asunción de lo sexual como asunto práctico o incluso técnico, confirma a través de ella una zona relativamente nueva, que asoma ya irreversible. La prueba no es el propio personaje -que la comodidad podría remitir a lo excepcional- sino la desangelada atmósfera de hábitos y códigos en que se desenvuelve la historia. El filme de Sandoval es un oportuno despertador que revela aceleraciones de la cultura no siempre ponderadas.

Antonella Costa y Patricio Contreras

En ese sentido, “Dry Martina” completa las misiones inherentes al cine con su fuerte caudal informativo trascendiendo la crónica o el testimonio. Honra el lugar del arte consignado por Jacobo Burckhardt: una ola que precede a la filosofía, porque intuye y anuncia. La película computa algo más que el presente. Ese sería el aspecto “macro” del film, su sedimento conceptual. Pero tengo también, en el muy buen elenco (Patricio Contreras, Dindi Jane, Pedro Campos) una historia ingeniosa, rica, apoyada en un guión pleno de resoluciones inteligentes y expeditivas. Tengo una trama donde lo equívoco y lo confuso disparan situaciones que conmueven y modifican la perspectiva de cada uno de los involucrados, cuya interacción se traba entre torcidos secretos y desmedidas ilusiones. Tengo también un curso narrativo que requiere del desnudo y del acople físico, en manos de un director que avanza por allí sin manipulaciones, sirviendo a la imagen, elaborando una naturalidad ruda, acorde al paisaje general de su propuesta.

José Manuel “Che” Sandoval

La película capta bien unos modos de vida que destierran a ciertas categorías valorativas. Palabras como vicio, infidelidad, ociosidad, liviandad, padecen una fuerte devaluación que se perfila definitiva. Su ecualización es un idioma sintético y burlón, rápido y rotundo También el montaje goza de recurrentes aciertos. Tiene ritmos oportunos y armoniosos. Organiza la pintura de Martina en sus palpitantes contrastes. La búsqueda, el rechazo, el entusiasmo, la decepción, el cansancio. Todos esos registros fueron capturados por la cámara a favor de una excelente Antonella Costa. La actriz (nieta de Niní Marshall, nada menos) ofrece en su mapa – de gran fluidez para la ira y el sarcasmo- todo lo que el director necesita. Y lo más meritorio de este protagónico fuerte es el difícil equilibrio alcanzado en un personaje que empuja fácilmente al extremo o al patetismo.  Concluyentemente, la película merece ser vista. Luego cada quien puede escrutar si lo de Sandoval decanta sutilmente una pérdida o enfoca un signo evolutivo inquietante; si enfatiza a la soledad al otro lado del sexo vivido como consumo, o si nos presenta, en oscura clave nietzcheana, una incipiente humanidad capaz de tomar al propio corazón como insumo.

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