El hombre y la belleza: mariposa hacia la luz, nodriza final de todo truco. Perderse con vértigos de horizonte es la trampa de indiscernibles magos. La ilusión insemina al mundo, lo sostiene. La belleza es un abono doblemente raro: Agua de Narciso,  velo de oscuridades tenaces. Si, como se le pidiera en Atenas, ella informara o condujera, haría suyos los mejores turnos de la vida. Pero también encandila con dóciles dulzuras. La placidez, la comodidad, el confort. Trabajosas elusiones promovidas por la omnipresencia del temor. Melancolías: Cierta edad, una tarde querida. Rostros retenidos. Amores que cayeron, un presente fatigado, renuncias suaves. El refinado morbo con que se va dibujando el propio epitafio, última obstinación de un ego desorbitado. La soledad. El marcharse de los amigos, el silbido de ocultos quebrantos. La elegancia de lo innecesario inflamando páramos de la vida.

Todo resuena y palpita en un rostro imposible de copiar: Gep Gambardella, construido por la deslumbrante dirección de Paolo Sorrentino sobre la porosa imagen de Toni Servilio. Un inmenso personaje, un regreso del personaje como entidad. La ironía  de ese rostro dispara con ternura hondas noticias de la vida. Gep no apremia ni siquiera a su distraída conciencia, pero es imposible sortear el dramatismo sobrio de sus tribulaciones.

Toni Servilio

Ha desembocado en un entrevistador jerarquizado. Escribe para una elite, vive de y para un público exquisito. Se adormece en un círculo de excentricidades tediosas y  vanidades casi agresivas. Pero algo lo distingue del acomodado grupo que frecuenta. No necesita mistificarse, no vive de eso. Generaliza una aceitada aptitud para evitarse cultos. Su andar, contemplativo, recorre las horas romanas sin un propósito que lo limite y, como aquellos espíritus de oriente que en la antigüedad cruzaron la ciudad sin poder fecundarla, puede ver “el mundo en una roca”. Puede evocar la profundidad que sugieren una canilla, una niña, o un patio cruzado por prolijos y antiguos canteros. Infancia, dudas, sueños, extravíos. Gep recicla su propio itinerario biográfico. A la vera del Tíber recuerda que de joven quería participar de las fiestas pero también “quería tener el poder de hacerlas fracasar

Su sonrisa es la ventana de su carácter. Se despliega con lentitud  y luego se afianza como si fuera a permanecer para siempre. Denota una confluencia de  presente y pasado enderezada a lo amplio. Mueca  espiritual de un escritor amputado, trashumante de la zozobra urbana, sonríe conteniendo vivamente al llanto. Trasunta la frugal esperanza de remontar la ausencia de cualquier esperanza.

Paolo Sorrentino

Criatura excelsa de Sorrentino y del arte. Vástago de la pintura en movimiento, sobrevuela el panteón de la casa. Cinecittá, Fellini, Mastroianni, Anita, Nino Rota. Lejanos paparazzi de electrizantes pañuelos, camisas de azul marino y sacos claros como pétalos del mediodía. Eternamente Roma, envanecida esclava de la belleza y su sombra. Prisionera hoy de Sorrentino, de sus lacónicas secuencias. De su enfoque elíptico y preciso que modula aproximaciones y distancias. Sorrentino exhuma conexiones ladinas y universales. Anima otra vez a la serpiente emotiva que desnudaron las mejores cámaras de Italia. Incontables. Refunda la orgullosa senectud de Roma y la ubre imperial de la loba  prodiga nuevos licores, sigue conquistando. Coloniza con voces y colores. “La grande Belleza” es un film nerviosamente imprescindible.

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