Láminas del tiempo: nombres sucesivos, cartas quemadas, protagonistas ya fallecidos y querellas cansadas. El nombre de Manuel Puig no necesita regresar. La ciudad de General Villegas es la que retoma lo mejor de su memoria a través de un documental excelso: Carlos Castro rescata a tiempo lo que queda de unas afamadas historias. Allí duerme el numen infantil y disonante de Puig. Prohibiciones, agravios, amenazas. Todo ha cesado, el escritor es absolución y local orgullo. La pasión por el cine escalona la vida de Puig, la versión filmada de su “Boquitas Pintadas” y este prodigioso “Regreso a Coronel Vallejos” con el que se manifiesta alguna omnipresencia de lo artístico. Castro toma a Patricia Bargero (“la viuda de Puig”) como fino hilo conductor de una recuperación preciosa.

Manuel Puig

Las voces de viejos vecinos desfilan realzadas por composiciones de enorme calidad visual. El montaje, impecable, asume un juego pendular entre ingeniosos planos medios para los relatos y lacónicas tomas generales que enfatizan las distancias y los tiempos que han mediado desde entonces. La voz del propio Puig concurre a las escenas como un eco sabio e indeleble. Castro tiene sensibilidad y audacia. Brillan sus encuadres en el cementerio de Villegas, o puntuales detalles objetivos de fuerte connotación. Su cámara y un voraz guión no desaprovechan los austeros materiales que el presente le ofrece a su empresa. También sabe interpretar la circularidad inherente a la historia de las repercusiones de esta historia. Puig fue un cinéfilo insaciable (su primera novela se tituló “La traición de Rita Hayworth”) y el cine fue el formato para su metáfora del mundo: “Villegas es una película de la que no puedo salir”. Su segunda novela “Boquitas Pintadas” fue honrada por la pantalla (también se filmaron “El beso de la mujer araña” y “Pubis Angelical”)

Carlos Castro

La búsqueda de aquel personaje central, poetizada por su larga ausencia, permite apreciar las ironías tendidas entre el arte y el tiempo. Juan Carlos Etchepare fue un melancólico héroe de Eros. Era en realidad Danilo Caravaro, a quien debieron cambiarle el nombre en su nicho por el de Bernardo Gortari. También ocupó la piel de Alfredo Alcón en la dignísima construcción ficcional guionada por el propio Puig. La novela, malentendida y castigada por sus revelaciones de alcoba, implicaba una hermosa alegoría del tiempo. En ese acento quizá Torre Nilsson haya excedido al texto. Se debió en buena parte a la delicadeza de Waldo de los Ríos. La melodía que opera como el leit motive de “Boquitas Pintadas” es de una adecuación asombrosa. Enciende la idea de cierta progresión y se pliega insinuando la distancia, el paso al olvido. Condensa la elipse de lo que fluye, como la vida de Etchepare, desde su gloria seductora hasta su obituario, pasando por el confinamiento en Córdoba, la tuberculosis, y las agónicas cartas. Novela, película y documento, empalman aires de nostalgia. La plataforma nacional ofrece el filme de 1974 y este trabajo de reciente estreno. La fecunda ecuación Puig – Torre Nilsson tiene hambre de trilogía: Castro, con su exhumación sutil, confirma ese poderoso privilegio del cine que inyecta vida donde ya no la hay, o mejor, sugiere que en alguna parte y de alguna manera, todo sigue estando.

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