“Espartaco” (1960) es la película épica total. Fuerte renovación del género en las raras y brillantes manos de Stanley Kubrick, uno de sus sellos es la redención del guionista Dalton Trumbo, de fe socialista, largamente perseguido por el fóbico comité de actividades antinorteamericanas. Es también una fuerte apuesta comercial del idóneo y versátil Issur  Danielovitch (Kirk Douglas). Bastante se ha escrito respecto de si fue Kirk u Otto Preminger quien realmente rehabilitó a Trumbo. Una anécdota mecanizada reza que Dalton le habría dicho: “gracias Kirk por devolverme mi  nombre”. Familiares de Trumbo aceptan aquella reivindicación pero señalan, con rigor, que en los créditos de “Espartaco” es el propio director, Stanley Kubrick, quien “generosamente” ofrece  su nombre para figurar como responsable del guión.

Dalton Trumbo

“Espartaco” resulta de este modo la feliz resultante de una serie de malentendidos cruzados. Sin ir más lejos, Kirk Douglas, que encabezaba la producción y el elenco, convoca en primer término a Anthonny Mann, celebrado director del western y el cine bélico. De común acuerdo, y en buenos términos, ambos entienden que hay que cambiar. Mann no parece hallarse cómodo frente a los requerimientos del cine épico. Tendrá su revancha seis años después con “La Decadencia del Imperio Romano”. Douglas toma entonces una decisión cuyas consecuencias no conseguirá dominar: contrata al joven y excéntrico Stanley Kubrick, que lo había dirigido en 1957 en “Senderos de Gloria”. Pero este Kubrick ha cambiado y ya no es dócil. Ve bien la oportunidad. El cine de superproducción aparece como una respuesta extrema a la amenaza de la temida televisión. A partir de 1950, el género alumbra sus propios hitos: “La túnica sagrada” (1953) de Henry Koster, “Quo Vadis” (1951) de Mervyn Le Roy, “Ben Hur” (1959) de William Wyler, “Salomon y la reina de Saba” (1959) de King Vidor, entre otras.  En la mayoría de los casos, los filmes se alimentaban de profusas historias reales o noveladas. El caso del esclavo libertario es mas mezquino, casi una vaga leyenda. Hay que inventarlo. Ni Kubrick ni Trumbo desperdician la ocasión. Douglas había imaginado una metáfora de la huida de Egipto con la cual honrar artísticamente a su comunidad. Salió otra cosa. La primera sorpresa fue que Kubrick utilizó casi todo el metraje realizado por Mann, por considerarlo óptimo. Además, el director imprimió su impronta sin preocuparse por los términos del contrato. Se le pedían 32 tomas por día, Kubrick las redujo a 2.

Stanley Kubrick

En el otro andarivel, Trumbo llevó a cabo una operación casi gramsciana. El texto del filme, si se lo atiende, habla de cualquier cosa menos de Roma. Los diálogos ilustran la importancia de concientizar los mecanismos de dominación y procurar la unidad entre los sometidos. En lo técnico y en lo fotográfico, el sello de Kubrick se hace bien presente, convirtiendo a “Espartaco”, claramente, en una privilegiada exponente del género, fundamentalmente en cuanto al “realismo “de su puesta en escena. Hay otro atractivo no menor en la película, que son sus estelares participaciones: Charles Laughton, Jean Simmons, Lawrence Olivier, Peter Ustinov, Tony Curtis. Confirmando la impronta del film, lejos estuvieron de cualquier armonía entre ellos. Pero la suma de talentos pudo más.  Formidable, clásica y de largo aliento. En Netflix

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