Quizá por descuido, la plataforma contiene una película de Francis Ford Coppola. El director oriundo de Detroit ha obturado sin quererlo su propia retrospectiva. Me refiero obviamente a la saga de “El Padrino”, donde el éxito y la altura artística confluyeron encendidamente. Su cine tuvo un desarrollo progresivo si nos ceñimos a los 70: las versiones I y II son de 1972 y 1974 encerrando en 1973 a “La conversación”  (lo mejor del autor, según buena parte de la crítica). Le faltaba regalarnos en 1979 su “Apocalypse Now”.  Una obra de semejante envergadura, me acostumbró a postergar otros fecundos títulos del ítalo americano. A tiro del control remoto tengo hoy su extraña  película “La Ley de la Calle” (Rumble fish) de 1983, basada en una novela de Susan Hinton, autora que incorporó al mercado editorial un tratamiento crítico de la situación de la juventud americana. Lo hizo a los 17 años  con “Rebeldes” en 1967 y ocho años después con la historia objeto de esta reseña. Vale decir que Coppola llevó ambas a la pantalla. “Rebeldes” es su “Outsiders”  que se conoció como “Los Marginados” (1982).

Matt Dillon y Dennis Hooper

La Ley de la Calle” se abre como un empalme con aquellos reflejos de la incomodidad americana de posguerra que se manifestaba fundamentalmente entre los jóvenes. Desde la literatura “beatnik”, el culto al vagabundeo, los inicios del rock, y el agrietamiento de valores que cruza al “american way of live”. Filmes como “Rebelde sin Causa” de Nicholas Ray con James Dean o “El Salvaje” de Lazlo Benedek con Marlon eternizado sobre la moto, computan ya en los 50 aquel malestar generacional en un movimiento que llega hasta “Easy Rider” (Busco mi Destino) de 1969. “La Ley de la Calle” es una suerte de tributo, y también una elegía. Homenaje al cine que no omitió zonas de conflicto en una sociedad que tenía en Hollywood su interesado y selectivo espejo, y borgeana nostalgia de una épica callejera del culto al coraje físico. Anteriores a la criminal sordidez de la cultura narco, las pandillas evocadas aquí sostenían antiguos códigos ya fenecidos. Hay dos personajes centrales, “Rusty James” (Matt Dillon) y su hermano mayor, “el motociclista” (Mickey Rourke). Mención de oro para el padre de ambos, una pintura lacerante a cargo del enorme Dennis Hooper.  El conflicto principal del drama es la equívoca ilusión de Rusty por alcanzar en las calles el prestigio de su hermano. Pero como bien le dice el padre, nunca lo va a lograr y debería ver ese impedimento como una bendición. La leyenda del motociclista vive de lo aventurado y lo errático, pero conlleva la oscuridad de una percepción que le impide suscribir los propios tópicos, conduciéndolo a la locura.

Francis y Sofía Coppola

Curiosidades atractivas del film son la incisiva belleza de una Diane Lane adolescente y dos familiares del propio Coppola: su hija, la entonces pequeña Sofía y el promisorio sobrino, Nicholas Cage. Probablemente sea su película más barroca en cuanto al tratamiento de la imagen y el inquieto juego de la cámara. Urbana en su profundidad  visual, según mi modo de ver el producto final resulta asombroso por ese tipo de belleza integral y ambigua que detona fusionando el qué con el cómo.

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