Se nos ha dado una continuidad movible, donde todo cambia y permanece a la vez” (Bergson a propósito del impresionismo). Grito coyuntural de la imagen, incluso en la mejor pintura: Pedir el movimiento. El apellido Renoir cumple ese destino en la propia casa.  Pierre Auguste, el pintor, es el padre de Jean, el cineasta. La pintura del fin de siglo XIX  atendió la vibración de la vida presente en los cuerpos, increpando a la rígida dualidad materia-espíritu. Una revelación que prefigura hallazgos de la ciencia y eleva el rango de lo inmediato. El cine, casi contemporáneo del impresionismo, desarrolla estas intuiciones auxiliado desde la técnica.

Auguste Renoir

La película de Gilles Bourdos, “Renoir” (Netflix)  comprime los últimos años del pintor nacido en Limoges. Atacado por una implacable artritis, recorre agriamente su senectud. Jean, el segundo hijo marcha al despiadado frente francés de la primera guerra. Acaba de morir su esposa Aline Charigot, se ha ido su modelo inspiradora, Gabrielle, y en la mansión de Cagnes Sur Mer, sobre la costa mediterránea, debe ser cargado por cuatro criadas para trasladarse al atelier montado en el promontorio del predio. La excusa del filme es la aparición en la vida de los Renoir de la actriz y modelo Catherine Hessling, seudónimo de Andreé Heuchling, quien recomendada por Henri Matisse posó para Renoir hasta la muerte del pintor en 1919 y fue la actriz de las primeras películas de su hijo Jean, con quien contrajo matrimonio en 1920. La trama, que ha conseguido humanizar a estas figuras, posee una fotografía fuertemente elaborada y unos dignos protagónicos a cargo de Michel Bouquet (Auguste), Vincent Rottiers (Jean) – el mejor- y Christa Theret (Catherine). Se le puede perdonar cierta afectación en nombre de las valiosas zonas informativas que ofrece, pero fundamentalmente por el rescate de aquella “actitud” esencial de los impresionistas que reaviva la rica discusión acerca de sus implicancias.


Catherine pintada por Renoir

Este Renoir de Gilles Bourdos no es alguien que pinta lo que hay dentro de sí, como lo pretende la imputación de subjetivismo habitualmente lanzada sobre esta escuela. No es tampoco un venerador directo del encanto corporal, como queda entendido cuando se le trata de “sensualista”. La escena en que observa a Catherine para pintar unas frutas, quizá ostente la clave: Renoir escruta en la fuerza de lo bello algo así como el “tao” de la naturaleza, su motor de fecundidad. Independientemente de su relación con algunas modelos, su obra no está comandada por el reclamo erótico sino por una incondicionada admiración de la magnitud estética de lo corporal.  Se le oye decir que el color es quien debe sostener la estructura, que la piel le debe fidelidad a la luz y que los cuerpos deben flotar en el paisaje.  Por eso es acertado el tratamiento que la película le da a Jean. Catherine debe empujarlo a filmar, ya que él se debate entre su indudable talento y lo abrumador de la referencia paterna. Auguste logró la síntesis más difícil: Insinuó el movimiento en la imagen fija. Jean deberá extraerle al cine algo más que el truco del fotograma y las facilitaciones tácticas del montaje. Lo logrará con creces. El film captura muy bien la génesis de este íntimo trasvasamiento.

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