En pleno silencio de las salas, los trailers amenazan ya con reactivar una notable saga del cine. Esos segundos de publicidad confiesan la impúdica vocación de reciclaje que podría malograr un buen hallazgo de 2015. Breve reseña: durante 40 años, la estrella de un boxeador de ficción impuso su sobrecarga épica y emotiva. En el capítulo I (1976), el callejero y casi marginal “Rocky” Balboa (Stallone), accede a la pelea por el título con el campeón Apollo Creed (Carl Weathers), máscara evidente de Muhammad Ali. En el capítulo II (1979) llega la inevitable revancha y el héroe ítalo americano, le arrebata la corona a aquel rival nítidamente superior. Con inteligencia, en lugar de una tercera pelea con Apollo –narrativamente extenuante- los autores inventan al poco querible Clubber Lang (mister T), que inspirado en el modelo boxístico de Joe Frazer  apalanca bastante bien al ya fatigado capítulo III (1982). En este punto el insumo Apollo Creed, definido y vendible, debe ser desechado. Presta su último servicio en el capítulo IV (1985), momento ya desenfrenado de los guionistas: El gran estilista, amigo para entonces de Rocky, muere bajo los metálicos puños del cyber camarada Iván Drago, soviético y maligno. Aquí la narración perfora la superficie de lo deportivo y se interna descaradamente en la caricatura geopolítica. Rocky, urgido por redimir a su amigo y a su nación, se convierte en una suerte de Patton con protector bucal y obtiene la imposible “batalla de Moscú” contra Drago. Acaricia allí lo que habían soñado vanamente Hitler o Napoleón.

Pero el precio narrativo de tanta audacia es alto. La saga se queda sin Rocky que -como Gallardo- no tiene más nada que ganar, y sin Apollo, drásticamente sacrificado. La ostensible anemia de los capítulos V (1990) y VI (2006) verifican la inexorable caída del abusado producto. Sin embargo en el cercano 2015, un sagaz recurso le inyecta vida a la epopeya del box. Regresa Apollo en la piel de un oportuno hijo extramatrimonial. Es una torsión sutil de toda la saga: más templado, el viejo Rocky previsiblemente adaptado como entrenador de Creed, cuando este le pregunta cómo venció a su padre, confiesa al joven sucesor: “… a Apollo lo venció el tiempo…”. Me entero entonces que Balboa nunca le ganó a su rival. Seis palabras, sigilosamente ubicadas, desmontan una épica de cuatro décadas.

Michael B. Jordan

Pero el giro es astuto por convenientemente tardío. Hay un enroque y el personaje encarnado por Carl Weathers desplaza en peso acumulado al legendario Balboa. La impronta de los Creed -de mayor calidad literaria- captura el primer plano. La resurrección de la secuencia requiere -quizá por primera vez- convocar a la complejidad de las cosas, a los principios de la entropía y la negentropía. La vida perpetúa sus caracteres mediante una trama que se desorganiza con la finalidad de reorganizarse. La línea genética necesita mezclarse y abrirse, para poder repetirse. Ya lo había utilizado Coppola en “El Padrino III” (1991) con el personaje de Vicenzo (Andy García). Esta forzada bisagra temática dio lugar al mejor producto de toda la serie: “Creed” de 2015, sólidamente interpretada por Michael B. Jordan. Es ese el preciado eslabón, y todavía está a salvo de lo que viene.

 

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