La formidable cultura italiana -la única de occidente si se mira fino- es prodiga en talentos. Cuando se trata de directores de cine, rápidamente fluye la nómina sagrada: Rosellini, Visconti, Fellini, Bertolucci, De Sica, Pasolini, Antonioni, Monicelli. Hay una suerte de segunda línea -arbitrario rango- habitualmente eclipsada por el prestigio de los primeros: Bolognini, Zampa, Zurlini, Petri, Lizzani, Blasetti, De Santis. Alberto Lattuada fue otro titán del cine. Fundador de revistas de crítica y cooperativas cinematográficas, también guionista y socio en los inicios de Federico Fellini. Se dice ligeramente que adhirió al neorrealismo cuando en realidad fue uno de sus pioneros. Sus películas “Il Bandito” (1946) y “El Molino del Po” (1949) se inscriben en aquella etapa. Pero Lattuada emprendió otras búsquedas. Luego de codirigir con Fellini en 1950 “Luces de Variete”, produce una obra maestra, intimista y sutil. Se trata de “Anna” (1951), drama de desencuentros con una impecable construcción narrativa. Culpa, redención, pasiones y prejuicios, condicionan la vida de la protagonista que huye hacia el hábito religioso y el servicio hospitalario para clausurar una traumática relación. Lattuada tiende el accidentado camino de Anna mediante contingencias que consolidan sin quererlo un proyecto de vida. Esa secuencia colma de cohesión al delicado y emotivo final. Sería vano insistir en las calidades de Silvana Mangano y Raf Vallone, ambos de enorme carisma, que animan el film con vibrante vitalidad. Redondeada película, sin fisuras.

Silvana Mangano

Pietro Germi, por su parte, es un paciente trabajador del cine que conoció el éxito con su recordada “Divorcio a la italiana” de 1961, luego de 15 años de labor. En su caso, me encuentro con la curiosa y sólida “Seducida y abandonada” (Sedotta e abadonatta) del año 1964. Una propuesta mixta que reúne elementos del drama y la comedia. Claro que la emulsión que le provee a la película su lograda homogeneidad es el tinte oscuro incluso para el humor. La elección del elenco es un acierto básico. Tengo allí a una Stefania Sandrelli casi debutante en el papel de la adolescente asaltada y embarazada por el novio de su propia hermana (Aldo Puglisi).

Raf Vallone

Pero este desliz ocurre nada menos que en Sicilia, en aquellos años y en la casa gobernada por un padre irreductiblemente fóbico frente a cualquier acechanza contra “el honor” femenino. Ese pintoresco rol le pertenece por completo a Saro Urzi, premiado en Cannes por esta actuación. Las derivaciones de un conflicto tan escandaloso para un medio tan asfixiante son retratadas por Germi con disparos escénicos que si bien no excluyen la caricatura, anudan permanentemente la brutalidad y la vulgaridad, lo cual representa un introito crítico dentro de la pintura costumbrista. La feroz polaridad del ideal familiar tradicional siciliano, confronta la calidez, la protección, el hondo compromiso patriarcal –quizá entrañable en nuestros días- conjugado con la intolerancia y unas miserables preocupaciones por la calificación del apellido, instancia absolutamente sujeta al ánimo ajeno (vecinas, familiares). Tanto en Lattuada como en Germi, y más allá de sus diferencias de género, lo que sobrevuela a ambas películas es la inadecuación del convenio moral en el orbe sentimental subjetivo. Muy buenos relatos visuales, pero también nítidos testimonios de un tiempo ajado, pero fecundo y brillante en su sedimento artístico.

 

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