Arturo Pérez Reverte, en algún reportaje, querellaba porque en el mundo contemporáneo ya no nacían mujeres como Grace Kelly o Ingrid Bergman. Hago extensivo ese déficit a los grandes carismas del cine. No tengo los instrumentos ni los estudios, solo puedo lanzar disyuntivas al aire: o no hay más figuras que nos promuevan le idea de que son casi del orden fantástico y alcanzan con facilidad las cimas de lo imaginario, o bien ha cambiado mucho nuestra mirada, agrietada por temores y desencantos, y ya no podemos iluminar los rostros más significativos con una luz que no esté embargada de suspicacia o alguna culpa por soñar despiertos. Como si el único artificio válido en el cine fuera aquel que simula acatar la realidad sin la trasparencia que ofrece el documental, único modo con que un director se abstiene de cualquier ficción. La única diferencia es el prestigio de lo “realista”, impuesto por fatigosos años de prédica correctiva, que dan cobertura previa a dudosos productos de aquella filiación. Viendo nuevamente “My Fair Lady” (Mi bella dama), dirigida por el fecundo George Cukor en 1964, se me ocurre lo siguiente: Tenga usted un mal día, discuta en el trabajo y en la casa. Consuma las malas noticias y sostenga con fuerza las “buenas”. Conduzca su auto acechado por un tráfico hostil. Abra el garage temiendo una entradera y una vez a salvo encuentre en el piso facturaciones recién llegadas. Cuando la derrota ya parezca total, pruebe de ponerse a ver este adorable musical. Y hágalo además, porque lo anterior le habrá ganado el derecho a hacerlo. No verá, viajará y por tres horas se habrá escapado de la realidad tan venerada. Encontrará con creces aquello que Pérez Reverte añora con justicia: Audrey Hepburn y Rex Harrison. Espléndidos y perfectos en el contrapunto. Stanley Holloway, excelente y divertido. Audrey, su largo cuello y la sonrisa de ángel. Una mariposa, como la definiera Liz Taylor.

Los personajes

Es Eliza Doolittle, la florista callejera y “andrajosa” que llegará a princesa en las manos del profesor de fonética y gramática Henry Higgins, interpretado por un superlativo Rex Harrison. El actor inglés, justamente, es dueño de una locución irreprochable. Su voz en alto es nítida y metálica, pero su registro bajo alcanza también una audible anchura. Esta especial condición fue aprovechada por Cukor para que las canciones que entona se resuelvan con fraseos coloquiales que solo convergen con la melodía en determinados puntos de la misma. El resultado brilla. La escenografía es fulgurante. Blanco y dorado dominan el poblado paisaje del Derby y en las calles del mercado, el gris del suburbio reluce destacando frescas plantas de lechuga cuyo verde es puntualmente iluminado para avivar un electrizante contraste. Tales delicadezas no son omitidas por ningún cuadro de la larga cinta.

Escen

Puedo agregar que Rex ganó el Oscar por este enorme trabajo, que el texto está basado en el “Pigmalión” de Georges Bernard Shaw –lo cual garantiza una mordaz visión de la moral de clase- y que fue la gran revancha de un director discriminado e infravalorado por su orientación sexual. Pero debo decir también que si el placer de soñar no es ilícito, “My Fair Lady” es una opción difícilmente equiparable

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