Si el cine tributa a las potencias y dignidades de la mujer, el nombre de Ingrid Bergman asoma insoslayable. Su marca incluye proezas: Interpretó en cuatro idiomas, fue segunda en premios de Hollywood pese a darle a Katherine Hepburn 10 años de ventaja (casi una proscripción). Actuó para Cukor, Fleming, Hitchcock, Rossellini, Renoir, Litvak e Ingmar Bergman, entre otros. Un grupo de japoneses pagó una carísima entrada en Londres tan solo para verla aunque no entendían el idioma. Actuó enyesada inventando una comedia dentro de otra. Doblegó al público americano y al sueco luego de sufrir ataques y rechazos. Derrotó a los críticos especializados, que debieron finalmente inclinarse. Se negó a cambiarse el nombre, a posar en traje de baño y tomó la palabra al recibir un premio para decir –congelando al auditorio- que lo merecía otra actriz. Fue amonestada públicamente por la iglesia luterana de Suecia y un senador norteamericano utilizó una sesión parlamentaria para repudiarla. Frank Sinatra voló 4500 kilómetros en un día para dedicarle “As time goes by” en un aniversario de “Casablanca”. Por su vida desfilaron Ernst Hemingway, Paul Claudel, Robert Cappa, Arthur Rubinstein, Greta Garbo o Lauren Bacall.

ingrid madre

Desde la promisoria aparición en “Intermezzo” (1939) junto a Leslie Howard, hasta sus trabajos bajo la dirección de Alfred Hitchcock (1946-1949), ofreció aquella mirada siempre capaz de sugerir hondura. Algo relativo al deslumbramiento y a la sorpresa por estar donde estaba, retenía su caudal. Lo confesó valientemente a propósito de “Por quién doblan las campanas” (1943) y “Casablanca” (1942) afirmando que puso “cara de nada”. Su carrera, en realidad, estalló aquella tarde de 1949 en la que conoció la obra de Roberto Rossellini y se conoció completamente a sí misma. Fue su camino de Damasco. Luego de ver “Roma, ciudad abierta” se convirtió en otra. Italia representó ese salto cualitativo. Incorporación y también, abismo. Atrás quedaba un matrimonio, una hija, y aquella condición de mimada en la meca del cine Quizá se cruzaron dos apuestas personales: ella quería mostrar sus aptitudes en el cine crítico y Rossellini quería probar si era capaz de triunfar fuera de Europa. Pocos vieron entonces que se trataba de uno de los cruces artísticos más fecundos del siglo. El rostro italiano de Ingrid experimentó un viraje, soltando una sensualidad antes demorada. La fuerza esencial del trazo femenino dejó de funcionar a requerimiento como en los fraccionados besos de Gary Grant. Se liberó y salió a cazar. Discusiones, querellas, reproches, alguna asfixia. Pero también calidez, delicias, nuevos hijos y buenos amigos en la ovillada costa amalfitana. Italia fue tormenta y crecimiento.

Con Gary Grant

1959: Francia e Inglaterra traerían la reivindicación: La Fox pagó lo que nunca para que protagonice “Anastasia”. Volvió a los EEUU vencedora e indiscutible. Corolario de su carrera fue filmar para Ingmar Bergman. Alcanzó el tiempo de la confianza y la gratitud, y reconstruyó su vida familiar, incluida su hija americana Pía Lindstrom. Entre su prolífica trayectoria, añoro verla tan dramática y sensual en “Stromboli” (1950); sensible y aplomada en “Te querré siempre” (1953), ambas de Rosellini; irónica y radiante en “Elena y los hombres” (1956) de Renoir; magistral y profunda en “Sonata de otoño” (1983) de Ingmar Bergman. Ingrid, totalmente una mujer

 

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