María Salome Loredo y Otaola -tal su verdadero nombre- se afincó en la historia argentina como “La madre María”, mediadora espiritual cuya impronta resultó perenne. Su tiempo argentino fue el de fines del siglo XIX y comienzos del XX. Nacida en 1855 en Vizcaya, España, llega en 1869 con sus padres huyendo de las disputas carlistas. A los 19 años contrae su primer matrimonio con José Antonio Demaría, estanciero del Saladillo con quien comparte un tránsito infortunado: un hijo fallecido a los seis meses de vida y el propio Demaría muerto al poco tiempo de una afección cardiaca. A los 27 años de edad vuelve a casarse, esta vez con Aniceto Subiza, con quien no tiene hijos. A contramarcha de lo que ocurre en el país, hacia 1890 su situación económica deviene holgada. Pero no puede tener hijos y además, le detectan un tumor de pecho. Tratada por los mejores médicos de Buenos Aires, María encuentra pocas esperanzas y se decide a visitar al misterioso “Pancho Sierra” en los pagos de Pergamino. Al “gaucho santo”, según se cuenta, le bastó verla para intuir en ella una continuadora de su obra y otra portadora de los dones sanadores. De este encuentro nace el mito, cambia radicalmente la vida de María -que vuelve a enviudar tal como se lo anunciara Sierra- y se convierte en “La madre María”, título de la película objeto de esta columna.

Lucas Demare

Porque cuatro décadas después de su fallecimiento en 1828, el director Lucas Demare reúne a un gran equipo para llevar al cine la vida de la santa popular. Partiendo de una idea del escritor paraguayo Augusto Roa Bastos, colaboran en el guion nada menos que Tomas Eloy Martínez y David Kohon. La muy buena escenografía pertenece al prestigioso Saulo Benavente y desfila un elenco de inusual amplitud: lozanos rostros de Tina Serrano, Hugo Arana, Adrian Ghio, Alejandra Da Passano, Cristina Murta, Patricia Castell, Adriana Parets, además de Diana Ingro y Carlos Muñoz. El segundo papel en importancia corre por cuenta de José Slavin. Y Tita Merello, con solvencia y gran oficio, es quien encarna a María. En esta aventura, Demare repite una formula ya probada, dirigiendo una vez más a la inolvidable actriz y cantante.

Tita Merello

Ya lo había hecho en grandes jornadas del cine como “Mercado de Abasto” (1955), “Guacho” (1954), y el mejor producto de ambos, “Los Isleros” (1951). Tampoco es la primera incursión del director en el relato de las devociones populares. En “El cura gaucho” (1941) había trazado la biografía del reconocido cura serrano, José Gabriel Brochero. Como toda película de Demare, sus exteriores y sus planos profundos son de excelencia. Se suma una muy arriesgada escena con obreros enfrentando a la caballería policial. La ubicación de los personajes en el contexto histórico desliza algún acento costumbrista, pero el guion es conciso y efectivo. El retrato de la santa no excluye las connotaciones políticas y sociales solapadas bajo la acusación de “ejercicio ilegal de la medicina” contra quien ayudaba y organizaba a los más débiles. También se visualiza su amistad personal con el presidente Yrigoyen y su irrevocable austeridad, injustamente difamada. Una buena película, y un testimonio más que interesante sobre nuestro acervo cultural

Comentarios

comentario/s