De a poco, la selección argentina empieza a dar pequeños pasos hacia adelante. Si los partidos de la última gira sirvieron para cerrar el círculo de convocados, este triunfo por 1-0 ante Brasil significó un subidón de confianza, ahora con Lionel Messi otra vez al frente. El capitán, implicado desde el principio, aportó la distinción individual que se espera de él y no siempre aparece con esta camiseta. Su gol, pero sobre su obstinación para hacerse cargo del juego para defender el triunfo con la pelota en su pie izquierdo, regalaron la mejor sensación de la noche: con Messi así, el proyecto de equipo que moldea Scaloni tiene margen para crecer.

El arranque dibujó un vértigo infrecuente para un partido de este tipo. Pierna fuerte, faltas recurrentes pero también velocidad, penales y un gol. Apenas iban 13 minutos del primer tiempo cuando Messi recogió el rebote de Alisson tras el penal que él mismo había ejecutado y anotó el primer gol de la noche en Riyad. Cinco minutos antes, Brasil había tenido la oportunidad de abrir el marcador, pero Gabriel Jesús desvió el penal tras la falta que Paredes le había cometido.

El clásico era un torbellino en ese inicio. La selección intentaba presionar la salida algo titubeante de Brasil, que no tenía precisión en su primer pase. Y en esa tarea resaltaban Ocampos y De Paul, el tándem derecho. Claro que cuando el reciente campeón de la Copa América lograba zafar de ese agobio se tornaba peligroso. Porque Jesús -su juego se deprimió después de su clamoroso error ante Andrada- no les daba referencia clara a los centrales argentinos. Porque Willian apuraba con su habilidad. Y porque Argentina, en ese comienzo, exageraba en el cuidado de la posesión: una pisada de Andrada contra Jesús fue un aviso y una segunda de Foyth desencadenó el penal.

Después del gol de Messi, la selección encontró un mejor tono en el partido. La fricción se mantenía (hubo tres amonestaciones antes del primer tiempo y el árbitro, Matthew Conger, le perdonó una a Messi por derribar a Willian desde atrás), pero ya no mandaba Casemiro en el medio de la cancha. A la media hora, el capitán dibujó una corrida de esas que eran más frecuentes a sus veinte, desde el círculo central, sin dejarse arriar por Eder Militao: Alisson, su bestia negra en Liverpool, se quedó con el remate.

La segunda parte convirtió al partido en un cambio de figuritas. El reglamento de los amistosos permite tantos cambios que los entrenadores aprovechan para dosificar esfuerzos: seis terminó haciendo Brasil, cinco la selección. De entrada, Tite echó mano de Coutinho, que con su gambeta agitó la calma brasileña que había mostrado Paquetá en el inicio. Scaloni, más prudente, esperó hasta los 15 minutos para hacer su primera modificación: Acuña por Lo Celso. En ningún caso tocó la última línea: allí, después de aquel comienzo dubitativo, se fueron afirmando Otamendi -sobre todo- y Pezzella.

Brasil buscaba el juego rápido y la mitad de campo, con tanta modificación, se convirtió en una zona de tránsito. A la selección, cómoda con la ventaja, le sentó bien el juego de esperar y tratar de golpear de contraataque. Así, con los roles tan claros, el gol merodeó más a Alisson que a Andrada. Lo tuvo Lautaro Martínez a la salida de un córner pero definió con violencia en lugar de colocar la pelota, que se fue arriba. Lo intentó Messi en un par de tiros libres, bien resueltos por el arquero.

Una serie de córners para Brasil le dieron emoción al cierre, seguido con pasión por los árabes, que no paraban de gritar por el 10 argentino. El que volvió a la selección decidido a hacerse cargo otra vez.

Mientras tanto, la selección jugará el lunes ante Uruguay, en Tel Aviv, a las 16.15 (hora de Argentina).

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