Afectuoso, el diminutivo resuena en la archiconocida voz de una de sus hermanas. Sabio de una manera sobria, José Antonio Martínez Suarez posee ese humor lúdico y piadoso que localiza notas de una niñez no extinguida. Un mérito palpable del documental “Soy lo que quise ser” (2018) de Mariana Scarone y Betina Casanova, es la ola que me empuja a revisitar su obra. Imperdonable para quien pretende divulgar cine, veo por primera vez “Dar la cara” (maravilla), guionada junto al gran David Viñas en 1961. Repaso “El crack” de 1960 y el firme policial “Noches sin lunas ni soles” (1984). Recuerdo bien “Los muchachos de antes no usaban arsénico” (1976) y “Los Chantas” (1975). El filo crítico cruza ese itinerario sin afectar la sinceridad de la imagen. La dupla Scarone-Casanova asume que enfrentaban un proyecto que nivelara con el personaje. Director, guionista, maestro, referente, José “está hecho de cine” y filmar su magnitud era el problema. Advertidas, se preguntaron cómo haría un documental para contener ordenadamente ese vasto mundo personal. Elaboraron la mejor respuesta a través de un calculado juego de retrocesos y avances sobre esa figura de indomable refracción.

Caratula del documental

José es auténticamente humilde y sin embargo, envolvente. Es erudito y a la vez divertido. Formal y repentino. Y fundamentalmente, generoso. Solo enfatiza cuando habla de otros y se vuelve elusivo cuando de él se trata. Escuchar, seleccionar, editar. Debatirse entre el exceso y el desperdicio. El material definitivo de Scarone y Casanova establece los enlaces interiores del documento sosteniendo su frescura. El expansivo influjo de Martínez Suárez fue sutilmente gobernado. Desde la estrategia elegida, el producto remonta hacia un punto más alto que el imaginado. Porque José, con su elipse de extrema dedicación y memoria, de tanto conocimiento y pasión, no deja nunca de aterrizar sobre lo familiar y lo ameno. El film registra esas coordenadas: La filiación neorrealista, el compromiso social, la fecunda producción de su taller, están. Pero también los amigos, los colegas, los jóvenes que lo adoptaron, o su mimado festival de Mar del Plata.

José Antonio Martínez Suarez

Ahí se resuelve el esfuerzo y el cordial secreto que el documental le roba con paciencia. Amar al cine no ha sido otra cosa que el pretexto de una inclinación humanista y ascendente. Lo insinúa el propio José cuando se explaya sobre el sentido del arte. Pero su modestia le impediría presentarlo así. Por eso vigila atentamente su postura de par, especialmente frente a personas afines, las protege. Los testimonios, pertinentes y bien interpuestos, consolidan la bonhomía elegante del hombre nacido hace 92 años en Villa Cañas. “Soy lo que quise ser” trasciende la crónica de una trayectoria revelando hondura detrás del mago o gran mentiroso que Martínez Suárez esgrime en felliniana clave. Un templado guión y una cámara intimista, lo atraen primero para rodearlo después. Comparecen así sus calidades, escapando a un entrañable pudor. José es finalmente atrapado en su propia red, el cine, que es también el lugar donde abre sin restricciones su elevación, para compartirla y ofrecerla como modo de vida. Cumpliendo alguna premisa oriental, el trabajo de las directoras termina pareciéndose a su objeto. Sucede para orgullo de ellas y -sin ninguna duda- para deleite de los espectadores

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