Espero mucho de una película sobre Chet Baker (Chesney Henry Baker, Yale 1929-Amsterdam 1988). Porque el era mucho. Me acerco a “Born to be blue” (2017), del director canadiense Robert Budreau. Temo la decepción, el gran trompetista sobrevuela mis noches, disfruto su música con frecuencia. También lo evoco en la poética pintura que le dedicó el australiano Bruce Weber en “Let´s get lost” (vamos a perdernos) de 1988. Justamente el año en que Chet se pierde definitivamente. Cae o no, de un cuarto piso en un hotel de Holanda.

Chet Baker

Encarnó la “esperanza blanca” del jazz. Oriundo de Oklahoma, creció musicalmente en las playas californianas, en la “West Coast” junto a Gerry Mulligan entre otros, aportando al despectivamente denominado “cool jazz”. Se dijo que el estilo bebió la impronta del paisaje, dio un balsámico vuelco respecto al apremio del dominante “bebop”. La facilidad de Baker para asimilar y ejecutar lo proyectó velozmente. Charlie Parker les advirtió a Miles Davis y Dizzy Gillespie que “anda un blanquito dando problemas”. Justamente, la película de Budreau recorta el segmento de la vida artística de Baker en el cual pugna por recuperar su lugar y donde aquellos icónicos trompetistas funcionan como autorizantes. Eran un estimulo y un peso. La etapa bien recreada por la película tiene como centro la lucha de Baker contra las drogas. Una larga relación que, según algunos testimonios, tornan extraño que el refinado músico haya llegado con vida hasta los 58 años. Las deudas contraídas por consumir le costaron la dentadura en una golpiza ordenada por sus acreedores con el objetivo de impedirle tocar.

Robert Budreau

Budreau no esquiva cierta épica personal concesiva, típica, en la que el héroe remonta las adversidades complaciendo al espectador. Pero el argumento -cuya subordinación a la verdad biográfica desconozco- encuentra una salida madura y creíble cuando la obsesión de Chet por volver a tocar frente al calificado público del “Birdland” se hace realidad. Jueces de honor y dioses sentenciosos, Davis y Gillespie controlan el local y aplauden el “regreso” de Chet. Pero este logro tendrá un duro precio. El trompetista leyenda, el “James Dean” del jazz, alcanza otra vez la cima dejando en el camino a su mujer, a la metadona, y a la lucha por su salud, que abandona definitivamente. Su triunfo se yergue sobre una derrota y su sonido recuperado, personalísimo y sutil, abrevará siempre en una inspiración enturbiada. Seguirá como un talento enfermo. Filmado por Boudreau, su caso legitima la idea de que en el altar del arte debe sacrificarse todo. Es terrible Chet Baker, pero es auténtico. Es artísticamente angelical y personalmente demoníaco. Si se lo escucha bien, hay algo de eso en aquellas notas que, como decía Geoff Dyer, parecen pedirle a él que no las abandone. Son furtivas y decantan cierta dulzura distante. Reflejan la rara embriaguez de una destrucción que se complace consigo misma. Ethan Hawke produce en este film un personaje genuino, intachable. Incluso físicamente, el actor texano elabora aquella mirada hundida y lejana. Su “Chet Baker” impone esa esencial tristeza que respira en su forma de tocar. El trabajo personal del Hawke sostiene fuertemente a una película que reúne además, suficientes motivos para verla y, en este caso, escucharla.

 

 

 

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