Enclavado en la esquina noroeste de los Estados Unidos, cerca de Alaska y lindando con el Pacífico, Oregón posee uno de los más potentes paisajes de lagos, bosques y altas montañas del continente. Su imagen física es ideal para el documental contemplativo, pero nada invita a pensar que esas alturas nevadas, esos pedregosos rápidos del río Willamette, o sus cerrados bosques de pronunciadas laderas, puedan ser utilizados para movilizar caravanas de ganado y carretas. Sin embargo en 1952, Anthonny Mann (Emil Bundesmann 1906-1967) desarrolló en estas latitudes una de sus mayores películas. La clasificación de su filmografía suele ser: “western”. Afilando un poco, se ha hablado también de “western psicológico”. Ahí se pone más interesante porque los tópicos del género, en Mann, no son necesariamente centrales. La película que estoy comentando se rueda en aquellos escenarios naturales y es una de las primeras que recurre al Technicolor, para fortuna de los espectadores. Se trata de “Horizontes lejanos”, que en su origen se llamó “Bend of the River”. Allí el director desarrolla una historia de índole social con un correlato intimista. Joven, aunque ya maduro, Glyn Mc Lynton (James Stewart) conduce una caravana de colonos procedentes de Missouri en busca de las tierras fértiles que se extienden entre las montañas.

Rock Hudson en la película

Glyn reúne los requisitos del héroe en la adversidad geográfica: fuerte, rápido y certero con el rifle, conocedor de ganado y de rutas naturales. Es el jefe ideal para semejante aventura. Solo hay una sombra en su vida, que se irá develando progresivamente en la trama. Este pequeño éxodo de agricultores tiene lugar en medio de la llamada “fiebre del oro”, que dispara la codicia de los propios buscadores como así también la de los comerciantes de Portland, la única ciudad donde pueden conseguirse los insumos básicos para sobrevivir. Un inteligente guión basado en la novela de William Gulick, pone a Glyn y su advenedizo amigo Cole (Arthur Kennedy) en la disyuntiva de abandonar a los suyos a su suerte y vender a precio exorbitante a los peregrinos del metal las mercaderías adquiridas para que los colonos enfrenten detrás de las montañas la temible llegada del invierno.

Anthony Mann

La encrucijada pone sobre la mesa la hilacha de Glyn y de Cole. La lealtad se enfrenta a la traición y el duelo tendrá las necesaria marchas y contramarchas para que la figura de James Stewart despliegue su inigualable magia en la pantalla. El actor de “Qué bello es Vivir”, “Vértigo” y tantos hitos del cine, va inclinando su personaje a favor de aquel rasgo que siempre lo distinguió: una nobleza final que convierte al ladrón de ganado en salvador de un pueblo. Esa alquimia complace al espectador y Jimmy la traduce con una misteriosa versatilidad. Su destreza como jinete sobresale en todo el film. Por supuesto, también se llevará el premio, Julia Adams, bellísima granjera incapaz de despeinarse, decepcionada por la actitud de Cole. Desfila innecesariamente por la trama un radiante y novel Rock Hudson a quien la Universal Pictures deseaba promover. Las escenas en los bosques, el rio y la nieve, igualan o superan incluso a las de John Ford. No debe haber mayor halago para un director de cine. Hermosa película.

 

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